La Cábala
La Cábala es una filosofía práctica cuyo origen se pierde en el tiempo,
probablemente elaborada en los países de la Mesopotamia. El mundo occidental la
conoce más por su variante hebrea. Nuestra Cábala está orientada hacia la
civilización occidental y hacia los tiempos modernos de esta nueva era o nueva
dispensación. La Cábala es una enseñanza viva que se va develando conforme la
humanidad sigue evolucionando. De modo que de poco sirve profundizar en los
antiguos métodos cabalistas. Se debe tomar sus principios y estructura
fundamental y adecuarla al lenguaje y condiciones de hoy.
Vivimos en una época de espiritualidad "light" y New Age, de
lo fácil y lo instantáneo a lo que se suma en muchos países una sociedad
cuyo desarrollo se deja a los intereses del mercado económico. Esto causa que
los estudios metafísicos se traten muchas veces de modo intelectual y se olvide
el largo camino del trabajo personal, de la práctica, la meditación y el
estudio. El acercamiento a la realidad espiritual de nuestro ser solamente se
puede lograr por un gradual proceso de sublimación de la personalidad, por un
constante proceso de desbastar la piedra bruta de la personalidad hasta
convertirla en un cubo perfecto.
Hay un lugar donde se manifiesta con claridad la
tergiversación de la verdadera espiritualidad: la cábala. Lo
espiritual se tergiversa por una alimentación del ego, utilizando el
conocimiento cabalístico como mero "lenguaje cifrado" como el que utilizan los
espías.
Estas páginas, para quien tenga la buena voluntad de leerlas con apertura de
mente, pueden ser el inicio de un camino de acercamiento espiritual desprovisto
de las confusiones del exagerado intelectualismo y de juegos de palabras y
números que, hoy, sirven solamente para una erudición intelectual.
Serval
Artículos para saber más:
Las
Inteligencias en el Arbol de la Vida
La sabiduría de la Cábala
Los Tres Velos del Inmanifestado
Escríbeme a:
De Cabala y Tarot, Julia Tellerani.
La
Cábala es la perenne enseñanza de los atributos de lo Divino, la
naturaleza del universo y el destino del hombre. Transmitida por
revelación, ha llegado hasta nosotros mediante una discreta tradición
que ha variado periódicamente su dimensión mitológica y metafísica, según
las necesidades de los distintos lugares y épocas. Esta larga historia ha
dotado a la cábala de una notable riqueza y de una gran variedad de
imágenes. Una realidad que puede parecer extraña al inexperto, oscura e
incluso, a veces, contradictoria.
La
cábala era una tradición oral entre los judíos, una tradición de
enseñanzas ocultas que se transmitía entre los estudiosos de la filosofía
transcendental de boca del maestro a oído del discípulo que como
inevitablemente sucede tuvo filtraciones por muy diferentes causas.
Los
documentos tales como Sepher Ha Yetzirah (Libro de la Creación) estaban
escritos en un lenguaje simbólico, con alegorías, criptogramas y alusiones
hiperbólicas a conceptos filosóficos abstractos ajenos a las creencias de
la tradición religiosa ordinaria del momento.
La
Cábala no aparece en la literatura hebrea antes del siglo XI.
La CABALA trata de un saber amplio y profundo sobre los orígenes cósmicos,
la estructura del universo, la naturaleza y destino del hombre.
Según
Paracelso, la CABALA es un SISTEMA de relaciones íntersimbólicas místicas
que, para el hombre, tienen la función de abrir el acceso a las
capacidades escondidas de la psique. Como "sistema", cumple todas las
propiedades de la Teoría General de Sistemas (Ludwig Von Bertalanffy).
La CABALA
es medio para el conocimiento del Self. En definitiva, es un sistema de
Teosofía Práctica.
Aunque sea
primariamente un sistema judaico, actúa como una clave para el estudio de
la religión comparada. Esto es debido a que la estructura profunda de la
sicología humana es la misma cualquiera que sea la raza o credo, y siendo
Deus el Todo y Sagrado Uno, los acercamientos a la Fuente Primigenia se
determinan en torno a los mismos procesos de individuación personal y
transpersonal.
La
cábala es un sistema que al estudiar intenta comprender al ser humano no
sólo ha abarcado siglos de profundos y largos estudios de grandes
eruditos, sino que, es capaz de entusiasmar tanto a quién a ella se acerca
que, queriendo o sin querer, acaba dedicándole su vida. “En la búsqueda de
la Sabiduría la primera etapa es el silencio, la segunda la escucha, la
tercera la memoria, la cuarta la práctica y la quinta la enseñanza.”
Rabino
Salomón Ibn. Gabirol. España. S. XII.
La
transición de la cábala judaica a la cristiana no fue difícil, ambas
religiones comparten las mismas raíces. La distinción reside en el papel
del Mesías. Una de sus formulaciones proviene de los Rosacruces, una
fraternidad mística cristiana que surgió en el siglo XVII. En este sentido
también el origen de la francmasonería, por su visión de Dios; del
universo y del hombre muestra claras afinidades con la de los cabalistas.
Los masones utilizan el simbolismo del templo de Salomón y cuando
construyeron las catedrales medievales europeas hicieron en ellas
diagramas de piedra basados esencialmente en principios cabalísticos, (el
frontispicio de Masinic Miscellanies de Stephen Jones, Londres, 1797) por
ejemplo.
La
historia oculta de la cábala se remonta a Babilonia. Uno de sus
afloramientos se manifiesta en la Europa medieval en el diseño de las
cartas del Tarot, de las que provienen los naipes modernos. La baraja del
Tarot está compuesta por cuarto palos cada palo esta formado por diez
cartas más un paje, una reina, el caballero y el rey.
Cada
uno de estos palos es la representación de un mundo, así llamado por su
asignación en el Árbol de la Vida y diferentes niveles a los que se le
asignan distintos simbolismos desde las letras del alfabeto judío a los
signos astrológicos, mitológicos, cabalísticos y cristianos que se le han
ido sumando con el pasar del tiempo. A éstas cartas se le añaden los 22
arcanos Mayores que se relacionan con los senderos del Árbol de la Vida
los diferentes estadios en la evolución del hombre y del universo desde el
más espiritual hasta el más terrenal. Evidentemente, ésta es una forma
sucinta y resumida de tratar éstas cartas que acumulan en su ser la
sabiduría oculta de milenios.

Tarot y Cábala
Como
el Tarot, el conjunto de textos y sistemas derivados de ellos que se
conoce bajo el nombre de Cábala (del hebreo Qabbalah; literalmente,
tradición), admite dos posturas investigadoras: la racionalista, que no
considera más que su trayectoria históricamente
comprobable y la mítica,
que le atribuye una antigüedad y una extensión inverosímiles.
Entre
ambas, también a semejanza de lo que ocurre con el Tarot, es seguro que se
encuentra la posición más cercana a la verdad y, sin duda, la de mayor
riqueza especulativa. Hay que admitir que Tarot y Cábala adquieren la
estructura formal con la que han llegado hasta nosotros durante la Edad
Media, pero es cierto también que sus contenidos no se producen
espontáneamente en esos años, y, sus símiles y fuentes, como modelos
mentales, como propuestas imaginativas pueden rastrearse cómodamente en la
antigüedad, desde la astrología caldea, hasta esa feria suntuosa que fue
el apogeo cultural de Alejandría.
Como brote
coherente, y desde entonces interrumpido, el movimiento cabalístico parece
haber surgido entre los siglos Xll y Xlll, en las comunidades hebreas de
la Provenza (Bahir) y de Gerona, alcanzando su culminación en la obra del
rabí español Moisés de
León (muerto en 1305),
quien cerca del 1280 publica el célebre Zohar (Libro del Esplendor),
atribuyendo la mayor parte de su redacción al esotérico Simón Bar Iojai,
un improbable rabí palestino del siglo II. Un investigador tan serio como
Jacob Bernard
Agus (La evolución del
pensamiento judío) niega esta última aseveración, así como las
pretensiones trascendentes de todo el cabalismo, explicándolo más bien
como un brote irracionalista que reacciona ante el pensamiento de
Maimónides y su consecuente
asimilación del genio
helénico al judaísmo tradicional.
Para Luc
Benoist, en cambio, la Cábala no puede ser entendida como un fenómeno
simplemente histórico, sino como el cuerpo de la continuidad esotérica del
judaísmo. En este caso, habría que remontarla a la figura de Moisés, y no
sería otra cosa que la
revelación que el profeta
«recibió al par que la ley escrita, y que explica el sentido profundo de
la Torá». Por una interpretación parecida -en cuanto a la antigüedad no
sólo de la Cábala sino de sus libros canónicos- se pronuncia también
Matila C. Ghyka.
En uno u
otro caso, es evidente que los cabalistas han manejado un material lo
bastante estimulante como para producir «una vasta literatura, que cuenta
con más de tres mil volúmenes» (Agus). Los ocultistas decimonónicos no
podían desaprovechar la
oportunidad de hacerse
con un sistema tan intrincado e interminable, y han colaborado
notablemente a la confusión con una biblioteca exegética casi tan
voluminosa como la original. Habitualmente parten de la Qabbalah Denudata,
de Knorr de Rosenroth
(Sulzbach, 1645), y entre
sus obras más extensas y sistemáticas se destacan The Kabbalah Unveiled,
de MacGregor Mathers, y The Holy Kabbalah, de White, «la obra más valiosa
que se ha escrito sobre el tema», en opinión de Dion Fortune. Más cauto,
Juan-Eduardo Cirlot
adopta un criterio objetivo al recomendar «las obras más importantes de
investigación histórica», entre las que destaca las de Gershon G. Sholem,
profesor de la Universidad de Jerusalén, y las síntesis de Grad.
La
especulación práctica de los cabalistas toma como elementos las relaciones
entre las 22 letras del alfabeto hebreo (22 son también los Arcanos
Mayores del Tarot, semejanza que -se pretende- no es casual), y los
números (sephiroth) del uno al diez. Con
la combinación de estos
paralelismos se obtiene Otz Chaim (el Árbol de la Vida, que la artesanía
popular reproduce tan frecuentemente en la evocación de la leyenda de Adán
y Eva) que, según Fortune, es un verdadero «jeroglífico, un símbolo
compuesto que tiene por objeto representar al Cosmos en su integridad y, a
la vez, el alma del ser humano en relación con aquél».
Los
partidarios del origen hebreo del Tarot, han encontrado sus más fértiles
argumentaciones en las evidentes similitudes que lo ligan a la Cábala,
aunque es más fácil suponer que tanto una como otro heredan del
pitagorismo su simbología matemática.
Partiendo
de este paralelo descubre Oswald Wirth la disposición de los arcanos en
siete ternarios y tres septenarios, que puede considerarse como un segundo
paso en el entrenamiento para descubrir las relaciones internas entre las
láminas. Para esto es
preciso suprimir de la
baraja a El Loco, naipe por otra parte sin numeración.
«Todo se
desarrolla por tres que no son más que uno -dice Wirth-. En todo acto, uno
en sí mismo, se distinguen en efecto:
1)
E1 principio activo, causa o sujeto de la acción.
2)
La acción de ese sujeto, su verbo.
3)
El objeto de esa acción, su efecto o resultado.
Estos tres
términos son inseparables y se necesitan recíprocamente. Se trata de la
tri-unidad que encontramos en todas las cosas. La idea de creación
implica: primero, creador; segundo, acción de crear; tercero, criatura. En
cuanto uno de estos términos
es suprimido, los otros
dos se desvanecen. De una manera general, en los términos del ternario el
primero es activo por excelencia, el segundo es intermediario, el tercero
es estrictamente pasivo. Corresponden respectivamente al espíritu, el alma
y él cuerpo. La misma correspondencia se encuentra en el Tarot, donde los
Arcanos pueden agruparse como sigue:

La
comparación de este esquema nos demuestra que los arcanos 1, 4 y 7 son
particularmente activos o espirituales, mientras que los 8, 11 y 14 son
intermediarios o anímicos, y los 15, 18 y 21 pasivos o corporales, ya que
este carácter se afirma a
la vez en la disposición
por ternarios y en la disposición por septenarios».
Otros
paralelismos
Lo
normativo de toda simbología (aún descendida a su grado menos vital, que
es el alegórico) es su carácter sugerente, imposible de ser alcanzado o
contenido por el discurso verbal. El Tarot no escapa a esta regla, y buena
parte de las críticas que han recibido sus comentaristas se basan (hay que
reconocer que con justicia) en su incapacidad para sustraerse a la
fascinación de este juego interminable. Así, Wirth se esfuerza en
relacionar la simbólica zodiacal con el Tarot, aún cuando el número de
planetas, el de los doce signos o su suma, no casan sino difícilmente con
las veintidós láminas de Marsella. Esto le lleva a componer cuadros más o
menos malabares, en los que tan pronto es un planeta, un signo o hasta una
constelación, los que darían una concordancia aproximada con el Arcano de
turno. Otro tanto puede decirse de las correlaciones alquímicas, en las
que es necesario un alto grado de buena voluntad para seguir sus
razonamientos.
Es
indudable, sin embargo, que pueden extraerse de esas reflexiones (como
ocurre también con textos de Lévi, Marteau y Ouspensky) numerosos
paralelismos y coincidencias. Ellas no permiten coronar el gran sueño
esotérico del sistema único del que la diversidad consiste en el número de
sus manifestaciones, pero dejan afirmar que hay allí una considerable
intuición de la armonía, un sentimiento del orden que no niega la
movilidad del caos, dotado de una suntuosidad analógica bastamente fértil
para los
aventureros de lo imaginario.
Si se han
traído aquí sólo dos ejemplos de esos posibles encadenamientos, es porque
ellos -las vías iniciáticas, la Cábala- ejemplifican las más evidentes
relaciones; también porque, en la imposibilidad de agotar esta teoría de
los espejos, el número 2 puede ser todos los números, el primer esfuerzo
por superar la unidad definidora y, en sí mismo, una metáfora de la
eternidad.
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