El Sol
El Dios Sol o la luz de la razón descorre el velo de la noche y deja atrás
las sombras indefinidas del subconsciente para mostrarnos un mundo visible
y diáfano. Es el símbolo del espíritu y de los ideales, la individualidad
que emerge de la esencia lunar, gregaria y colectiva, hacia fronteras que
siempre están por conquistar. El Sol hace huir a la noche, devolviéndonos
la seguridad que proporciona lo visible. Con los ojos abiertos ponemos en
funcionamiento nuestro consciente. Nos guía con su luz, impulsándonos
hacia la búsqueda de las respuestas planteadas por la Luna. Tras el ocaso,
el Sol desciende a las regiones inferiores, al mundo de los muertos, sin
que ello afecte a su naturaleza inmortal e inmutable. Es por tanto el
símbolo del progreso y la evolución de una humanidad, que corre velozmente
hacia metas nunca claramente perfiladas. El Sol es el astro de fijeza
inmutable, por eso revela la realidad de las cosas, no sus aspectos
cambiantes como la Luna. Se relaciona con las purificaciones y pruebas a
causa de que estas no tienen otra finalidad sino tornar transparentes las
opacas cortezas de los sentidos, para la comprensión de las verdades
superiores. Al Sol le corresponde lo lejano por definición, y por eso
mismo representa el ideal o la meta; es el estímulo para que el individuo
intente destacarse como tal por encima de las masas. De modo que el Sol es
la manifestación de nuestras cualidades individuales que tienen que ser
reconocidas y valoradas por los demás.
Dentro de la mitología grecolatina podemos extrapolar una tríada solar que
será la representación simbólica de las cualidades solares aplicadas a los
dioses. Esta tríada es la formada por los dioses Helios, Apolo y
Hefaistos:
· HELIOS: hermano de Selene (la Luna), es el ojo de Zeus; el que todo lo
ve y, en consecuencia, lo sabe todo. Es quien conduce el carro ígneo de
Sol, tirado por cuatro caballos blancos. Cada mañana surge del río Océano
por Oriente, sube hasta alcanzar el Medio Cielo, y empieza a descender
para hundirse en el curso del profundo río del que había salido. Helios es
el toro, esposo de la Tierra o, como interpreta Eliade, representa una
fusión ulterior, impuesta por la historia, del régimen matriarcal de
Mediterráneo con el patriarcado de los indoeuropeos del Norte. Sin
embargo, Helios es una divinidad menor que ni siquiera mora en el Olimpo.
Tal vez por eso Apolo acabó asumiendo su personalidad.
· APOLO: es el dios más importante después de Zeus. Los poetas y artistas
griegos se han esforzado en perfeccionar la forma de expresar su belleza,
nobleza y esplendor sin límites. Todo en él irradia poder y grandeza.
También se le llama Febo Apolo; Febo (Phoibos) significa "sacro"
y "puro", voz que también se empleaba para referirse a los rayos del sol.
Todos los inviernos se retiraba al país de los hiperbóreos, pueblo sagrado
donde no existe el dolor ni la enfermedad, y donde sólo podían ser
recibidos seres puros y elegidos. Mientras tanto, Dionisios ocupaba su
lugar en Delfos, hasta que al llegar la primavera, volvía Apolo en su
carro tirado por cisnes. Apolo ocupó el oráculo de Delfos (tras matar a
Pitón, el dragón délfico), donde rezaba la leyenda "conócete a ti mismo";
este santuario estaba situado en una sima y antes de la llegada de Apolo
era un oráculo dependiente de la Madre Tierra. Su estructura telúrica se
vinculaba con el camino de descenso al mundo subterráneo. Pero Apolo, como
símbolo luminoso del espíritu y del ideal, se eleva por encima de las
sombras de las antiguas creencias y nada más expresivo que ocupar el
santuario délfico, estrechamente conectado en sus orígenes con el reino de
los muertos.
Apolo, como divinidad solar y por tanto símbolo de vida, es, además, el
dios de las curaciones y las purificaciones. El arte de la curación
conlleva la capacidad de evitar o suprimir la impureza, lo que se extiende
no sólo al plano físico sino también al del espíritu. Apolo es, como el
Sol, el símbolo de la exaltación del espíritu y todas las manifestaciones
de este: el arte, lo sublime, el orden, lo bello, el orgullo... pero
también es la soberbia, la competitividad, la arrogancia y la cólera.
· HEFAISTOS (VULCANO): es tal vez el más primitivo de la tríada, la
personificación misma del fuego, tanto celeste como terrestre. El fuego
era considerado como cosa divina. En su aspecto celeste es el Sol y el
trueno; en el terrestre sería el poderoso y destructor fuego que vomitan
los volcanes, o los incendios de la naturaleza, o el que brota del suelo
en forma de gases inflamables; sin embargo, el fuego también tiene su
faceta positiva, a raíz del momento en que el hombre empezó a dominarlo,
mejorando sus condiciones de vida, sirviendo para alejar a las fieras,
defenderse del frío, variar la alimentación, además de dominar la
naturaleza mediante la industria y el arte de trabajar los metales. El
fuego positivo, el fuego dominado por el hombre, es el fuego que Hefaistos
manipulaba con mágica maestría, y que fue robado por Prometeo. Estas
propiedades del fuego hacían de Hefaistos un dios terrible y a la vez
infinitamente benéfico. Pero mientras Helios y Apolo eran dioses de
impresionante belleza física, el herrero divino, era deforme y cojo a
causa de dos caídas, provocadas respectivamente por su madre Hera al verle
nacer con tan innoble aspecto, y por Zeus tras una discusión. El caso es
que tras ambas caídas Hefaistos sólo podía caminar apoyándose en unas
muletas de oro elaboradas por él. De oro eran también las mujeres que
construyó para que le ayudaran en la fragua, y a quien dotó de alma e
inteligencia. Detalles como estos hacían que el dios del fuego fuera
considerado, incluso entre los dioses, como un prodigioso y temible mago.
En este dios-mago vemos también las propiedades del Sol aplicadas a la
naturaleza del hombre. Su fuego y su fuerza transmutadora que puede ser
tan destructiva como constructiva, representa la forma en que podemos
conducir nuestra individualidad. Es la creatividad, la magia que mantiene
la vida, pero también la magia capaz de manipular en las entrañas de la
tierra y en sus secretos, así como en los metales y minerales que residen
en ella. Recordemos que para los alquimistas el trabajo con los metales
nobles equivale a la manipulación del alma y del espíritu, y que el
objetivo del Arte Regio es el de la transformación del alma al transmutar
el plomo en oro; por lo que el Sol es ejemplo de perfección. El plomo
representa al hombre interior en su aspecto caótico y quebradizo, mientras
que el oro, metal consagrado al Sol, es la perfección en el orden humano.
El oro es inmutable, pues posee el perfecto equilibrio, por lo tanto,
todos los demás metales se encuentran en su etapa preliminar para llegar a
él, igual que todos los planetas están en función de alcanzar la
individualidad del Sol, desde el punto de vista astrológico.
Partiendo de la base de que la meta de la Gran Obra es llegar a la
transformación del espíritu tomando como modelo el Sol, es más fácil
llegar al contenido de perfección y conocimiento que alberga este símbolo,
a quien hay que comprender e imitar para alcanzar un espíritu inmortal.
Como todo, también la búsqueda de la piedra filosofal tiene dos
vertientes. No en vano los alquimistas disfrazan ese tesoro con palabras
confusas y oscuras, ocultando esa verdad solar, protegiéndola con velos
lunares, puesto que sólo es digna de ser obtenida por espíritus elevados
que anhelan la perfección. El Sol es la ambición, ambición que puede
manifestarse en su sentido material: "poder, éxito y riqueza", o en el
plano espiritual, cuando esos mismos conceptos se constituyen en
simbólicos valores que hablan de la fortaleza inmaterial del hombre. Titus
Buckhardt se refiere al contenido más noble del Sol con estas palabras: "Del
mismo modo que el Sol comunica su luz a los planetas, la luz del corazón
ilumina todas las facultades del alma".
El Sol es
indivisible e inmutable, no como la Luna que se descompone y se vuelve a
recomponer a lo largo del ciclo mensual. Al contrario que ella, que
representa a las masas, el Sol pugna por hacer sobresalir al individuo. La
Luna estimula la imaginación, desplazándose por los sinuosos caminos de la
intuición. Sin embargo, el Sol no necesita esforzarse para observar el
entorno, todo está claro y visible ante su luz; no entiende la intuición
de la Luna porque su ojo no llega allí donde él mismo proyecta una sombra,
y es que la sombra siempre está detrás del objeto que él ilumina. Por eso
el Sol, como símbolo del consciente diurno, representa la razón y la
lógica que ordena y estudia el mundo visible, haciéndolo inteligible a
través de la mente positiva. El Sol es la consciencia; también representa
el Padre, el héroe (el arma del héroe es la espada, asimilada al fuego),
cuyas facultades activas le confiere el reducto cósmico de la fuerza
masculina.
Los ciclos del Sol son paralelos a las fases de la Luna, pero el Sol
representa la inmortalidad porque nunca cambia su aspecto ni se deteriora,
aunque también está sometido a sus ciclos; a lo largo del año va
elevándose hacia el cenit y alejándose de él, por eso tan suyas son la
fama mundana como la perfección del alma. Pero mientras la Luna, para
llegar a su ocultación mensual de tres días, precisa sufrir un
despedazamiento (menguante), el Sol no necesita morir para bajar a los
infiernos; puede llegar al océano o al lago de las aguas inferiores y
atravesarlos sin disolverse. Por esto, la muerte del Sol implica
necesariamente la idea de su resurrección (Sol invictus). La Luna Llena
sería el equivalente del Sol del Mediodía y del verano, mientras que sus
fases nueva y vieja lo serían, respectivamente, del Sol naciente y
primaveral, y del sol anciano e invernal. Ya los propios órganos sexuales
de la mujer y del hombre certifican este concepto entre lo oculto y lo
visible, entre lo receptivo y lo activo. El sexo, como enigma central del
ciclo, es la Luna Llena, roja de amor y de sangre; y es el Sol del Medio
Cielo, fecundador y dador de vida.
Hay un precioso mito alquímico que condensa en pocas palabras toda esta
trayectoria simbólica del Sol. Cuenta que el rey-Sol murió y fue
enterrado, para luego volver a la vida y alcanzar su gloria plena tras
haber pasado por siete dominaciones: cuando el Sol llega a la mansión de
Saturno, muere aparentemente para luego renacer. Una vez ha ascendido por
las siete etapas del conocimiento, se convierte en el "león rojo", el
elixir que todo lo transmuta. Saturno, el plomo, se encuentra abajo, donde
comienza el ascenso, por lo que en su caos de plomo subyace la vida del
Sol y del oro. De aquí se deduce la necesidad de una muerte simbólica en
todo ritual iniciático. Esa muerte es
la renuncia y el sacrificio de los bienes
terrenos bajo la austeridad de Capricornio, para enriquecer el espíritu y
acceder a la gloria del dios-Sol en el verano. Es la misma vida del hombre
que recorre las etapas de la niñez, la juventud, la madurez y la vejez,
con sus logros y sus fracasos. El mito alquímico marca la evolución ideal,
típicamente solar, que los alquimistas tenían como guía y meta final de su
existencia.
Mari
C. López Quiles |