El Silencio
La pregunta ética, ontológicamente significativa,
aunque de muy difícil respuesta, será entonces esta: ¿cuándo tiene más
sentido hablar que callar?
Se habla - tiene sentido hablar- cuando parece
urgente, necesario, útil, interesante, comunicar a alguien esto o aquello,
señalar un paso cerrado, un cruce, un peligro; aclarar un problema o
resolver un conflicto.
Lo que ha variado entre el lenguaje como escritura
y el habla es, pues que en esta última no puede sino estar presente y ante
un destinatario concreto. Se habla para el prójimo más inmediato, y ahora
el sentido de lo que se dice va a estar medido, en cierta forma, por la
situación de quien lo escucha.
¿En qué consistirá esta proximidad que hace
posible esperar la palabra justa en un tiempo justo también? No, por
cierto, en la cercanía física. Hacinados unos con otros, cada cual podría
estar en lo suyo, sin esperar nada del vecino. La proximidad consiste en
saber o creer que se está en lo mismo, ligados por un mismo interés, por
un mismo proyecto, por un mismo temor, por algo semejante que no pasa, en
relación a algo que pasa. Este y no otro es el tiempo común. A esta
"unidad mínima" de una misma realidad unánimemente compartida, y que de
alguna manera hay que atravesar, enfrentar, es lo que llamamos
"situación".
No hay situaciones "objetivas"; o propiamente
hablando, no por estar juntos, estamos necesariamente un una misma
situación. Pero, además, no todo lo que pasa, por el simple hecho de
pasar, como una nube por el cielo, es capaz de desencadenar situaciones.
Para que esto ocurra, aquello que pasa debe también pasarnos, alterar ,
inquietar, amenazar, en alguna medida por íntima que sea, un estado de
cosas y unos planes con los que la subjetividad no contaba hasta ese
momento; o tener que contar con lo que no se contaba. Trasgresión incluso
mínima, pero que hace estallar la linealidad abstracta del tiempo y abre
una nueva situación, acaso, absurdamente discontinua, incomposible con la
primera, como cuando pierdo momentáneamente mis anteojos.
En resumen, situación es lo que desarticula en
alguna medida, nuestra temporalidad continua, nuestra fácil identidad
rutinaria, nuestros gestos habituales, y nos obliga a rehacer o a
reprogramar el itinerario de nuestras preocupaciones, a reubicarnos.
El que habla, al tomar la iniciativa, al salir
del silencio, hablará con sentido si reconoce al otro en su situación.
Sólo así va a su encuentro en un tiempo justo, en un tiempo común.
Tal vez, la dificultad en definir lo que es el
sentido común está en que parece haber un tiempo propio, justo para el
advenimiento y la duración de cada cosa. En una palabra: en que es
inseparable el evento (cualquier evento humano) de su oportunidad. Tiempo
de llorar, tiempo de reír, tiempo de bailar.
Va a ser esta virtud de la oportunidad la que
decida cuándo una sonrisa por el hecho de ir más allá o quedarse más acá
del tiempo justo, se vuelve una mueca o una lisonja, o cuándo más allá de
qué limites, el silencio puede volverse embarazoso o culpable.
Pero de esta cualidad del tiempo justo deriva,
como decíamos, el valor del "tiempo de callar", el valor del silencio.
Se dice que el silencio "otorga". Pero, el
silencio sabe decir muchas otras cosas: sabe expresar la duda y la
suspensión del juicio, la reserva, la resistencia, la no disponibilidad,
el miedo, etc. Y también sabe decir la plenitud: cuando la realidad está
presente sin escorzos, sin perspectivas; a tal punto entera que ya no
tiene sentido (común) pronunciar palabra alguna.
|